martes, julio 11, 2006

Felicidades

Felicidades al millón y medio de personas -es decir, millón y medio de historias distintas que tuvieron que suceder- que fueron a Valencia. Felicidades porque lograron vencer la apatía, la pereza, la desgana, los planes alternativos o el tremendo calor. Otros vieron los obstáculos y se rindieron. Ellos, vencieron. Felicidades a los que, de corazón, quisieron ir y no pudieron. Son muchos más de millón y medio.
Felicidades a las familias que convirtieron en una inmensa guardería el antiguo cauce del Turia. Los lloros, quejas, carreras y gritos de sus hijos a veces nos distrajeron, pero esos lloros y gritos son, precisamente, una lección hermosísima y elocuente de familia. Felicidades a los que no se desanimaron pese a estar a centenares de metros del altar. «No venimos a ver al Papa; venimos, más bien, a que nos vea él a todos nosotros», me dijo un padre que se había instalado con toda su familia frente a una pantalla más alejada del escenario.
Felicidades a los jóvenes. Son los preferidos por los profetas de desventuras para lanzar contra ellos sus dardos envenenados. Se resisten a creer que vivan la castidad: es lo que más les obsesiona. «Mucho Papa, pero luego pasan de la Iglesia en temas de sexualidad», repiten machaconamente. Y dale. Tratan de mancharles con su mala conciencia. Pues miles, decenas de miles de ellos sí viven en castidad. Y, si caen, se levantan. Es la ventaja de ser católico: que el perdón es gratis. Y la pureza, siendo importante, no es el mensaje principal del Evangelio.
Felicidades a los que se toman con sentido del humor a los cenizos que bufan que «eran muchos, pero no tantos», como aseguraba ayer un periódico.
Felicidades a la organización, espléndida pese a los fallos inevitables, y a los miles de voluntarios. Da una alegría inmensa ver que los jóvenes no sólo hacen cola para sacar una entrada en el Bernabéu o para el bar de moda, sino que se apuntan a puñados para arrimar el hombro en un encuentro con el Papa. Y felicidades, sin duda, a Benedicto XVI. Ha sido providencial que venga a España en estos momentos. La bocanada de aire fresco que ha traído a cada familia ya ha comenzado a dar sus frutos. Gracias, Santo Padre.
Alex Navajas